Entre 1820 y 1822 Beethoven compone sus tres últimas sonatas, los Op. 109, 110 y 111.
Estas no son las más populares del compositor aunque podemos destacar la profundidad y riqueza encontradas en la última, la Sonata en do menor No 32, opus 111, obra poderosa y trascendente, considerada una de las más grandes sonatas para piano que se hayan escrito, capaz de conducir al oyente hacia mundos sonoros no conocidos hasta el momento de su composición.
Barenboim la describe así: “El primer movimiento es «una aterradora energía que muestra solo un lado de la naturaleza de Beethoven… ese lado que encierra todo lo que está en conflicto»; el segundo —variaciones sobre una arietta—, presenta una visión de «una eternidad perturbada», una expresión espiritual de inocencia pura «ganada a conciencia, a través de lecciones de vida».
A la vez monumental y sobrio, el movimiento final nos dirige hacia una profunda confrontación en la cual podemos, como seres humanos, vernos reflejados y aprender no solamente acerca de la música, sino también de nosotros mismos”.
Kretzschmar, el maestro de Doktor Faustus, en la novela de Thomas Mann, dice que la op. 111 supone la muerte de dicha forma musical sin retorno posible: «La sonata terminaba aquí, había sido conducida a su término, había llegado a su destino y alcanzado su meta. Se disolvía en sí misma, se despedía».
Beethoven estaba sordo, enfermo y aislado del mundo cuando compuso esta obra apurando los límites de lo humano, autodestruyéndose en la propia partitura. Beethoven logra en el opus 111, en su adagio, que nos sintamos empujados por el silencio del final hacia el abismo de la nada.
El primer movimiento es irregular, áspero, tremendamente amenazante y angular, tormentoso y agitado. Enfrentarse a él genera tensión emocional.
Los negros y sus variaciones con sus texturas rugosas discurren por un espacio incierto en el que un oro y negro de fondo en veladuras crea el contrapunto de una atmósfera que se diluye dando protagonismo a esa mole angulosa que discurre entre los límites del soporte.
La arietta está en la tonalidad de Do mayor.
Esta es espiritual, generosa, por momentos extática.
Andras Schiff se refiere a su final como: “el tema vuelve con toda majestad y sencillez y podemos sentir la gratitud, gratitud a Dios por estar vivo y por poder escribir música como esta”.